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18 de Agosto

San Alberto Hurtado: El santo que hizo de los pobres el centro de su vida

Autor | Informa al minutoEquipo-de-prensa-informa-al-minuto

Fuente imagen | Informa al minuto Hogar de Cristo

Este martes 18 de agosto, la Iglesia en Chile conmemora a San Alberto Hurtado, sacerdote jesuita, fundador del Hogar de Cristo y una de las figuras más queridas de la historia religiosa y social del país.

Hay santos que son recordados por sus palabras, otros por sus obras. San Alberto Hurtado fue recordado por ambas, pero, sobre todo, por su manera de acercarse a las personas. No miró la pobreza desde lejos. La conoció, la recorrió y se dejó interpelar por ella hasta convertirla en una de las grandes causas de su vida.

 

Alberto Hurtado Cruchaga nació en Viña del Mar el 22 de enero de 1901. Cuando tenía apenas cuatro años quedó huérfano de padre y su familia debió enfrentar dificultades económicas que llevaron a que él y su hermano fueran acogidos por distintos familiares. Desde pequeño experimentó, de alguna manera, la inseguridad y vulnerabilidad que afectaban a tantas familias de su tiempo.

 

Su vocación sacerdotal comenzó a tomar forma durante su juventud. Estudió en el Colegio San Ignacio y desde temprano manifestó una especial preocupación por quienes vivían en condiciones de pobreza. Como integrante de la Congregación Mariana, visitaba los sectores más humildes de Santiago y trabajaba con niños y familias necesitadas.

 

En 1933 fue ordenado sacerdote jesuita. A partir de entonces desarrolló una intensa labor pastoral como profesor, formador de jóvenes, director espiritual y predicador. Para él, la fe no podía quedarse únicamente dentro de los templos: debía traducirse en servicio, compromiso y preocupación concreta por los demás.

 

“¿Dónde está Cristo?”

 

Uno de los rasgos que marcaron su vida fue su manera de mirar a los pobres. Para el Padre Hurtado, detrás de cada persona que sufría había un rostro que debía ser acogido con dignidad.

 

Su preocupación no se limitaba a entregar ayuda material. Quería que quienes vivían en la pobreza pudieran recuperar aquello que muchas veces habían perdido: un hogar, una familia, oportunidades y, sobre todo, la certeza de que sus vidas tenían valor.

 

En octubre de 1944, mientras realizaba un retiro espiritual, hizo un llamado a sus auditores para que no permanecieran indiferentes ante la realidad de las personas pobres y, especialmente, de los niños que vivían en las calles de Santiago. Aquel llamado dio origen al Hogar de Cristo.

 

La primera casa comenzó acogiendo a niños; posteriormente se abrieron espacios para mujeres y hombres. La intención no era simplemente ofrecer un techo, sino construir un verdadero hogar, un lugar donde las personas pudieran sentirse nuevamente acogidas y reconocidas.

 

Por eso, con el paso de los años, el Padre Hurtado quedó asociado a una imagen profundamente popular: la del sacerdote que recorría las calles, que se acercaba a los marginados y que no esperaba que los pobres fueran a buscarlo, sino que salía a encontrarlos.

 

Un sacerdote cercano al pueblo:

 

Los testimonios de quienes lo conocieron muestran precisamente esa dimensión humana. Personas que fueron niños y niñas pobres recuerdan que el sacerdote llegaba con alimentos, ropa y ayuda, pero también con palabras de cariño y preocupación.

 

Desde el Hogar de Cristo se han recogido testimonios de antiguos beneficiarios que recuerdan al sacerdote como un hombre cercano, sencillo y preocupado por quienes vivían en la calle o en condiciones de extrema pobreza. Para muchos de ellos, no fue solamente un sacerdote: fue alguien que los vio cuando otros pasaban de largo.

 

Esa cercanía explica también por qué su figura trascendió los límites de la Iglesia. Su preocupación por la justicia social, los trabajadores, los jóvenes y las personas más vulnerables convirtió su mensaje en una voz que interpeló a la sociedad chilena de su época.

 

En 1947 fundó la Asociación Sindical Chilena, inspirada en la doctrina social de la Iglesia, y en 1951 creó la revista Mensaje. También escribió sobre sindicalismo, humanismo social y el orden social cristiano.

 

“Contento, Señor, contento”

 

La vida del Padre Hurtado terminó demasiado pronto. En 1952, a los 51 años, fue diagnosticado con cáncer de páncreas. Durante los últimos meses de su vida sufrió intensos dolores, pero quienes lo acompañaron recuerdan una expresión que terminó convirtiéndose en una de las frases más conocidas de su espiritualidad: “Contento, Señor, contento”.

 

Murió el 18 de agosto de 1952. Décadas después, esa misma fecha se convertiría en el Día Nacional de la Solidaridad en Chile, como una manera de mantener viva la inspiración de quien dedicó su existencia a servir a los demás.

 

Los milagros que llevaron a los altares:

 

La Iglesia reconoció oficialmente dos milagros atribuidos a la intercesión del Padre Hurtado, acontecimientos que fueron fundamentales para su camino hacia la canonización.

 

Uno de los casos más conocidos es el de María Alicia Cabezas, quien en 1990 sufrió tres accidentes cerebrovasculares masivos y quedó en una situación crítica. Mientras se encontraba hospitalizada en Santiago, un grupo de personas comenzó a rezar por su recuperación ante la tumba del Padre Hurtado. Su posterior recuperación fue considerada inexplicable desde el punto de vista médico y, después de una investigación eclesiástica, reconocida como el milagro que permitió avanzar hacia su beatificación.

 

La Iglesia también reconoció un segundo milagro atribuido a su intercesión, requisito que permitió su canonización.

 

El 23 de octubre de 2005, en la Plaza de San Pedro, el Papa Benedicto XVI canonizó a Alberto Hurtado, convirtiéndolo en santo de la Iglesia Católica y en el primer hombre nacido en Chile en alcanzar esa dignidad. En aquella celebración, el Pontífice destacó especialmente su amor a Cristo y su servicio a los pobres.

 

Un santo que sigue caminando con Chile:

 

La figura de San Alberto Hurtado permanece ligada a una pregunta que atraviesa toda su vida: ¿qué hacemos frente al sufrimiento de los demás?

 

Su respuesta no fue solamente una prédica. Fue salir a las calles, acercarse a los niños abandonados, recibir a quienes no tenían dónde dormir, organizar a la sociedad y construir espacios donde los más vulnerables pudieran volver a sentirse parte de una comunidad.

 

Por eso, cada 18 de agosto, la Iglesia en Chile no solamente recuerda la muerte de un sacerdote. Recuerda a un hombre que hizo de la solidaridad una forma de vida y que entendió que servir a Dios significaba también hacerse cercano al que sufría.

 

San Alberto Hurtado murió hace 74 años, pero su imagen continúa presente en el corazón de generaciones de chilenos. El sacerdote que alguna vez recorrió las calles buscando a quienes no tenían hogar terminó convirtiéndose, para millones, en el “santo de los pobres”, un hombre profundamente cercano al pueblo y cuya vida continúa invitando a mirar al otro no desde la distancia, sino desde la fraternidad.

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