El 4 de diciembre de 1918 quedó registrado como uno de los días más dramáticos en la historia del norte chileno. A las 07:44 hora local, un violento terremoto sacudió Copiapó — capital de la actual Región de Atacama — con una magnitud estimada de 8,2.
La intensidad del movimiento telúrico fue tan alta que muchas edificaciones colapsaron: cerca del 50 % de las casas quedaron en ruinas, y entre los inmuebles afectados se cuentan edificios públicos como la intendencia, la oficina de correos, escuelas, hospital, cárcel, la tesorería, y otras instituciones.
En cuanto a víctimas, los registros del momento mencionan que hubo al menos 6 muertos y alrededor de 100 heridos en Copiapó. Al mismo tiempo, algunos informes y reconstrucciones posteriores a la tragedia reportan una cifra de 8 fallecidos (una anciana y siete niños) cuando se revisaron los archivos de la época.
El impacto no se limitó sólo a Copiapó: también se sintió con fuerza en otras localidades de la Región de Atacama — incluyendo poblaciones costeras como Caldera — donde se registraron variaciones en el nivel del mar (desprendimiento y retorno del mar, aunque sin grandes daños de tsunami).
El terremoto de Copiapó de 1918 no solo fue uno de los más fuertes registrados en Chile durante ese siglo, sino que además se convirtió en un recordatorio de la vulnerabilidad sísmica del país. Su impacto material, social y humano marcó un antes y un después en la manera en que las autoridades y la población del norte enfrentaron el riesgo sísmico en las décadas posteriores.






