La figura de Benjamín Herrera Campillay, conocido en todo el valle del Huasco como “El Gigante de Pinte”, continúa siendo uno de los relatos más singulares del patrimonio humano de Chile. Nacido en la pequeña localidad de Pinte, en la comuna de Alto del Carmen, a comienzos del siglo XX —aproximadamente entre 1910 y 1915 según relatos familiares—, su vida quedó marcada por una característica física excepcional: llegó a superar los 2,40 metros de estatura, convirtiéndose en la persona más alta que se recuerda en la historia del país.
Aunque no existen registros médicos formales, diversas fuentes históricas y testimonios locales coinciden en que Benjamín alcanzó entre 2,26 y 2,46 metros, una altura que lo volvió una figura reconocida en toda la región de Atacama. Debido a su tamaño, su familia debía confeccionarle la ropa y el calzado, pues no existía nada disponible comercialmente que pudiera ajustársele.
Benjamín creció en un hogar humilde, acompañado de sus padres y hermanos, quienes se dedicaban principalmente a la agricultura y a las labores rurales propias del valle del Tránsito. Quienes lo conocieron lo describían como un joven de carácter tranquilo, amable y cercano a los suyos, pese a las dificultades físicas que su estatura le provocaba.
La falta de atención médica especializada en la época y la probable presencia de una condición endocrina —como gigantismo o acromegalia— afectaron gravemente su salud. Benjamín Herrera Campillay falleció a temprana edad, en torno a los 25 años, dejando un recuerdo imborrable en la comunidad. Su muerte se habría producido hacia la década de 1930 o 1940, aunque nuevamente sin registros oficiales.
Hoy, su memoria es parte del patrimonio cultural de la zona. En el cementerio de Vallenar existe una placa conmemorativa, y en Pinte su figura es recordada en actividades locales y en iniciativas que buscan rescatar la historia del valle y su gente. Para los habitantes del sector, Benjamín no es solo un caso extraordinario de estatura: es un símbolo de identidad y un personaje que, pese a su breve vida, dejó una huella profunda en el imaginario colectivo de Atacama.






